Caminos 1998 y 2000
Espacio para los caminos realizados en estos dos años. El primero lo comencé en Burgos. El segundo en Roncesvalles: mi primer camino francés completo.
El resto del camino ese año fue mucho más fácil. Después de este primer día empecé a entender lo que era caminar todos los días. Comencé a amar el camino. La semilla que había plantado la primera vez en bici germinó durante los días siguientes. No importaba la ampolla que tenía, no importaba que llevaba unas botas pequeñas…
Comencé a aprender a disfrutar con la compañía de otros peregrinos (tanto que tuve que dejar a un grupo en Villadangos porque la marcha que llevaban de juerga era incompatible con andar todos los días).
En este camino coincidí con un grupo de gente de Burgos. No recuerdo grandes experiencias ni grandes amistades. Perdí el contacto con ellos nada más terminar. Sólo resaltar la parada en el albergue de Calvor: en esa época no había nada, tuvimos que pedir la comida desde la cabina a un bar de Sarria y el albergue era realmente algo sencillo. Yo había tomado la ruta de San Xil en lugar de pasar por Samos y llegué pronto allí. Para colmo de males muy pronto se llenó y la gente tenía que dormir en el suelo.
Recuerdo a un padre y a su hijo todo el tiempo hablando con un móvil, cuando aún no era algo normal ver a la gente todo el día así.
También recuerdo que uno de los chicos de Burgos estaba descansando después de la ducha descalzo: un peregrino que llegaba le pisó los dedos del pie y le levantó una uña. Algo terrible porque suponía acabar el camino tan cerca del final. Ese día comprendí que puedes acabar en cualquier momento y que, por mucha experiencia que tengas, el camino te puede hacer terminar por cualquier cosa mínima o absurda.
Al llegar a Portomarín decidí acabar yo también: estaba cansado, echaba de menos a mi gente y no me encontraba mentalmente preparado para terminar. Parece absurdo pero, después de todo, me encontraba solo y la llegada de mi amiga Carmen para recogerme me hizo desistir. Decidí en ese mismo momento irme.
Mi vida estaba cambiando, este camino fue el más duro que he realizado mentalmente. Fui a meditar, a pensar en mi vida, a encontrarme a mí mismo… Todas esas cosas que la gente dice que va a hacer al camino. Yo hice todo eso pero olvidé una cosa: disfrutar y sentir realmente el camino en sí mismo. También aprendí que al camino se debe ir a disfrutar; he visto mucha gente buscándose y luego, cuando se encuentran, el problema es que no se gustan.
No tengo muchos más recuerdos de ese camino: no fue un camino agradable ni fácil. Pero fue el camino en el que más he aprendido de mí mismo y de mis posibilidades. En el que más descubrí sobre los peregrinos y lo que significaba todo esto, y sin llegar a Santiago.
Una idea me crecía dentro: hacer otra vez el camino pero desde Roncesvalles. Algo que me ha pasado cada vez que he hecho el camino es que me ha surgido siempre la necesidad de hacer el siguiente. Esta vez comprendí que tenía que hacer todo desde el principio pero con otro ánimo, con otro planteamiento: pasarlo bien, disfrutar y conocer gente: llegaría en el verano del 2000.
Verano del 2000: Roncesvalles-Santiago: por fin!!!
Este camino fue sin duda el más especial de los que he hecho, junto al primero que hice desde Le Puy. Especial por la gente (conocía a Joseba, Gerard…) especial por mí mismo y cómo me encontraba, como lo afrontaba. Especial por los recuerdos, por los momentos, por los lugares. ¡Este sí que lo disfruté de principio a fin!

Campo de lavanda
Caminando por la Rioja.

Una señal de tráfico inclinada en un mar de cereal
Burgos: foto en la fachada recien restaurada de la catedral. Coincidimos con Gerard, Patrick, Julián, el panadero Olivier, nuestro amigo belga y, por supuesto Joseba y yo. Paramos un rato a descansar, gastar bromas, hacer fotos… la noche anterior en Olmos había sido mágica, encontramos a los chicos y chicas de Neila en el bar del pueblo y todos juntos comimos, reímos, cantamos… Los franceses estaban alucinados, igual que la gente del bar y fue una noche mágica, quizás la primera en la que coincidimos todos. Esa amistad llega desde entonces y ha durado años. El albergue de Olmos estaba muy descuidado pero nosotros lo hicimos habitable. Julián nos contaba sus aventuras en Australia cuando se iba a trabajar allí por seis meses. Patrick nos fue informando de su viaje, de su enfermedad de la asociación para ayudar a los niños enfermos de cáncer en los hospitales. Gerard siempre contento, siempre alegre, siempre con ganas de divertirse y de ayudar a los demás.

Fachada de la catedral de Burgos
Vista del camino cerca de Hontanas. Barro, trigo, frío, lluvia y un paisaje maravilloso.

Vista de los campos de cereal antes de llegar a Hontanas.
Refrescándonos los pies en Carrión de los condes, al fondo Sebas y los barceloneses. Otros grandes amigos en este camino que nos acompañaron hasta el final. Los 6 avanzando entre peregrinos a ritmo militar, sobre todo Luis y Joseba.

Río en Carrión de los condes, el pueblo en el que aún se mantiene el nombre franquista de las calles
Sahagún. Un día maravilloso después de la etapa más dura del camino. Llegar a Sahagún se convierte siempre en una aventura: la recta de 18 km y después la meseta en toda su dimensión. Cuando ves al fondo Sahagún y parece que no vas a llegar nunca.

Iglesia de San Tirso, al fondo
La siguiente etapa nos llevó a Reliegos. La torre aún estaba en pie aunque ya no está, se derrumbó con las lluvias hace algunos años. Un lugar muy bonito y mágico con sus bodegas bajo tierra.

Torre de una bodega en Reliegos
El albergue de las monjas en León. Allí había dos dormitorios separados para hombres y mujeres (los que demostraban estar casados sí podían compartir espacio. Esa noche un roncador profesional no dejó dormir a nadie en todo el dormitorio, salvo a mí, que como siempre me fui a dormir sin problemas. A la mañana siguiente descubrimos que sólo el roncador y yo habíamos dormido. Además estaba justo en la litera pegada a la mía cabeza con cabeza: alguien dijo que tengo el sueño ligero!!!!
Un albergue lleno de gente es esto: sacos y colchonetas por los suelos. Los peregrinos duermen así muchas noches en muchos lugares. A pesar de todo se descansa y se comparte el espacio que hay con generosidad y respeto entre todos. Mucha intimidad no hay pero tampoco es eso lo que uno espera encontrar cuando se va a hacer el camino.

Albergue de las monjas benedictinas en León
A partir de León el camino cambia: la intimidad que ha acompañado al peregrino y la soledad (relativa) terminan en León. Mucha gente empieza aquí para evitar la meseta y sus calores. A partir de León cada día hay más peregrinos y cada día hay más turigrinos. Cuando llegamos al albergue tuvimos que demostrar que habíamos sudado de verdad: que nuestras botas estaban llenas de polvo del camino. Allí encontramos un brasileño que comenzaba con su mochila (18 kg) sus flamantes botas nuevas y su libro de Paulo Coelho. Le intentamos persuadir de que el camino no se podía hacer así pero no nos hizo caso: al día siguiente acabó su aventura por exceso de equipaje.
Allí disfrutamos del barrio húmedo y sus bares. San Isidoro y La catedral. Patrick estaba muy mal de los pies y tuvo que ir al médico; lo esperábamos fuera y nos preocupamos ante la tardanza, tenía varias ampollas, los pies con tendinitis. Salió bromeando con el médico al que le había contado su aventura: aunque parezca increíble se puso en marcha y siguió camino. No he conocido a nadie tan duro como él y con tanta capacidad de sufrimiento: debía ser que esto no era nada en comparación con lo que había pasado con su enfermedad, el decía que cada uno tiene su Everest.
http://www.achacunsoneverest.com/site/
Castrillo de los Polvazares.
Nuestra siguiente aventura se desarrolla en torno a un cocido maragato en Castrillo. Nos quedamos a dormir en Murias de Rechivaldo para ir a comer a Castrillo. Sebas nos dijo que parte de su familia era originaria de allí. Mientras todos se duchaban yo me fui a reservar mesa para comer (sobre 2 km hay de distancia). Regresé a ducharme y volvimos al restaurante a comer. Comer un cocido maragato allí es impresionante, incluso para gente de Bilbao. Llegar al fina con la sopa después de los garbanzos, la verdura, la carne, el vino y finalmente el postre.
Después de una buena mesa y mejor sobremesa (incluidos los orujos pertinentes) salimos influenciados por los vapores etílicos rumbo al descubrimiento de los ancestros familiares de Sebas: y los encontramos, aunque no creo que nuestro estado de efusividad (fruto del alcohol) pasaba desapercibido a esas alturas.
Finalmente un paseo de vuelta maravilloso con una puesta de sol increible, una conversación sincera con Sebas y una idea de amistad para siempre. Fue uno de los momentos más bonitos e intensos del camino.

En castrillo de los polvazares

Joaquín comiendo sopa
A estas alturas de la comida la sopa nos bebimos así: la sopa se sirve al final porque cuentan los lugareños que esta costumbre viene de la época de la guerra de la independencia: para engañar a los soldados franceses que acudían a las casa al ver salir humo de las chimeneas al calentar la sopa del cocido, decidieron calentarla al final para que cuando llegaran a robar sólo pudieran tomar la sopa porque el resto ya se lo habían comido.
Y otro lugar maravillo en el camino: la cruz de ferro. Donde los peregrinos arrojan la piedra que han cogido en Roncesvalles (yo no la llevaba). La subida es muy dura pero precioso. Luego la bajada es otra cosa, peligrosa y muy exigente para las rodillas. Cuando llegas al Acebo no bajas, te caes.

Juan Manuel escribió
En el camino del 98 no hice fotos. Los recuerdos que tengo, de todos modos, son numerosos. Fue la primera vez que salía a andar. Mi experiencia con la bici había sido enorme y sentía la necesidad de hacerlo a pie. Había visto a los peregrinos andando y había llegado a la conclusión de que sería más interesante hacerlo así.
La aventura desde Roncesvalles me pareció demasiado compleja y decidí empezar en Burgos. No sabía nada sobre materiales, técnica ni lei consejos para realizarlo. Me compré una mochila me cogí un tren y me puse en Burgos decidido a hacer camino.
La falta de previsión y de preparación me iba a pasar factura desde el principio.
Como no sabía nada de todo esto planifiqué la primera etapa tal y como venía en la guía: Burgos-Castrojeriz!!! Buena elección para empezar ¿no?.
En esta primera etapa cometí todos, o casi todos, los errores que se pueden cometer en el camino. Me había hospedado en un hotel cerca de la estación de autobuses. La noche anterior había ido a cenar una buena sopa castellana y un chuletón; cosa suave para comenzar. Luego había ido a tomar una copa y dar un paseo. Me fui tarde a la cama y puse el despertador a las ocho de la mañana.
Me levanté y fui a desayunar; esto me hizo salir de Burgos bastante tarde. Los primeros quilómetros fueron un paseo: fresquito, tranquilo, sin problemas y terreno fácil. Encontré a unas chicas francesas muy majas con las que paré un buen rato a charlar. Como un paseo se fue haciendo el camino y poco a poco se iba haciendo tarde. Llegué a Hontanas sobre las tres de la tarde, bastante cansado y con mucho calor. Hasta ese momento todo había ido bien pero no era consciente de lo que me quedaba.
Sin plantearme nada más decidí continuar porque hacía mucho calor y estaba muy cansado: faltaban más de 10 km que iban a ser el rato que peor he pasado en todos mis caminos.
Decidí ir por la carretera en lugar de por el camino ya que por la carretera se veia alguna sombra. Desde Hontanas hasta San Antón hay una recta interminable, poco a poco el calor se hacía más insoportable, los pies se iban calentando y mi ritmo cada vez era más lento, San Antón no llegaba nunca y parecía cada vez más lejos.
La carretera tenía una pequeña inclinación hacia el lateral y eso hacía que moviera el pie dentro de la bota hasta provocarme una ampolla (la única que he tenido en todos los caminos por suerte).
Llegar al arco de San Antón fue algo terrible pero aún quedaba la parte final que fue todavía peor.
Desde San Antón se divisa Castrojeriz al fondo, está a unos 5 kilómetros: a esa hora de la tarde, a pleno sol, sin agua (me había quedado sin agua sin darme cuenta) y sin calcular bien las distancias no se podía pedir más.
Para colmo cuando por fin llegué a Castrojeriz me quedaba una última sorpresa; el alberque no está al principio del pueblo, cuando llegas a las primeras casas aún quedan unos dos quilómetros hasta llegar.
Llegué al albergue hecho un auténtico ecce homo. Todo había salido mal y estaba a punto de arrojar la toalla.
Una ducha reparadora y una cerveza después me hicieron recapacitar: había hecho todas las cosas que no se deben hacer en el camino y tenía que cambiar mi planteamiento: salir temprano, no perder el tiempo enmedio, evitar las horas de más sol, llevar siempre comida y agua…
Afortunadamente este día ha sido muy importante para mí en los caminos posteriores porque fui capaz de aprender de estos errores para no volver a cometerlos.
Si quería llegar a Santiago tenía que hacer las cosas de otro modo.